Gomez Vanesa - Las Confesiones De Una Concubina стр 6.

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Sus brazos eran poderosos y me estrechaban fuerte contra su pecho.

«Hacía tanto tiempo que deseaba abrazarte así», me dijo.

Yo no conseguía hablar: un nudo de emociones y de miedo me apretaba la garganta sofocando cada sílaba en la boca.

Sus manos vagaban sobre mi cuerpo explorándolo, mostrándole al tacto todo lo que la oscuridad que nos circundaba escondía a la vista.

Luego, bajando dulcemente a lo largo del cuello con los dedos acariciadores se paró en el primer botón del cardigan que llevaba puesto.

Me puse rígida.

Y él lo advirtió.

«¿Qué sucede, pequeña? ¿De qué tienes miedo, no sabes que yo te amo? ¿Lo sabes? Entonces, déjate ir. Nunca he deseado nada como lo deseo en este momento».

Sus gestos se volvieron apremiantes.

Mis manos, siempre cruzadas sobre mi pecho, no se apartaban.

Fue él quien capituló.

«Vale. He comprendido, necesitas tiempo».

Me besó durante un momento que me pareció increíblemente largo.

Me susurró palabras que nunca había oído, llenándome de sensaciones desconocidas, besándome sobre los párpados, con los ojos cerrados.

* * *

Debajo del chorro de agua caliente de la ducha.

Inmóvil.

Pensando en él.

Con los ojos abiertos, rememorando, como una película, todo lo que había sucedido.

Increíble.

Todavía sentía el corazón latir furiosamente, cuando me asomé al muro del sótano para ver si podía remontar las escaleras sin que nadie me viese.

Me apoyé en el pasamanos clavado en la pared y subí deprisa las escaleras.

Todavía sentía las luces de neón del supermercado que me herían los ojos habituados a la oscuridad.

Y encontrarme respondiendo de manera forzada a una cliente que me preguntaba dónde podía encontrar el pan tostado.

Volver a ver a Pietro después de unos minutos desde mi escritorio, volver a entrar en la oficina, que con ojos brillantes me pedía los albaranes del suministrador del agua mineral.

El agua corre por mi nuca y se desliza por mi espalda. No hay un jabón que pueda lavar los pensamientos que me llenan la mente.

O quizás soy yo la que no quiere lavar nada.

Este será mi secreto.

Nuestro secreto.

El pequeño gozo de todos los días.

El cuaderno rojo espera en mi bolso, Filippo está durmiendo en la butaca con el mando a distancia en la mano, la televisión sintonizada en una de esas transmisiones demenciales que detesto desde lo hondo de mi corazón.

Escribo.

Y me pierdo pensando en ti,

tiernamente serena,

inconclusa

como todas las horas

que me separan de ti.

Y me adapto, soñolienta,

en tu sueño que me sigue,

indeleble es la adhesión

que me desgarra.

Y te abrazo con recuerdos que llegan

sin descanso

para verte diez, cien, mil veces.

En cualquier sitio donde esté tu aliento.

Descubrimientos

Secretos nunca dichos

palabras acalladas

detrás de

tiernos comportamientos

sombríos pensamientos.

Largas horas

persiguiendo

momentos esquivos

de contacto superficial

ávidos

de increíbles pensamientos.

Pensamientos prohibidos.

Boca seca.

El cuaderno escarlata cada vez más a menudo se encontraba con mi pluma.

Aléjate

aléjate de mí

vete lejos de mi corazón

corazón palpitante de emociones

recuerdos indecibles.

Aléjate.

Aléjate

vete lejos de mis manos

que ya no pueden alcanzarte

acariciarte como agua templada

como brisa perfumada

al alba.

Aléjate de mí.

Lejos.

Que mis ojos

puedan sólo descubrirte

impreciso,

de manera que pueda

perseguirte,

ganar terreno,

y alcanzarte,

cerca.

Y mis encuentros con Pietro se convertían en más frecuentes.

Y todas las veces me sorprendía no sentir vergüenza por lo que estaba haciendo: había pasado del amor platónico al carnal sin ni siquiera percatarme, y con el multiplicarse de los encuentros perdía poco a poco el miedo que me había casi matado la primera vez.

Buscaba con mi mirada la de Pietro, con la esperanza de descubrir aquel ligero guiño que presagiaba un nuevo encuentro.

Me había enamorado. Irremediablemente. Sin solución.

Incluso había comprado ropa interior de encaje y , siempre, no podía esperar a mostrársela a Pietro, si bien mostrar era un eufemismo, porque en aquel sombrío sótano donde habíamos establecido la mansión de nuestros encuentros estaba casi a oscuras y hacía frío, pero yo no sentía nada de todo esto cuando me encontraba tumbada sobre los cartones que él había traído de abajo y puesto en el suelo, arrollada por el torbellino de sensaciones que me hacía sentir Pietro.

Es verdad, para mí era importante que él me prestase atención incluso al margen de nuestros tête-à-tête, pero tenía la seguridad de que para él, en cambio, era vital un contacto carnal conmigo.

Continuaba repitiéndome que jamás había sentido lo que sentía con él, que era fantástica, estupenda, hermosísima, única.

Y siempre yo salía embriagada.

Y cada vez él me quería más.

Siempre más.

«¡Quiero hacer el amor contigo, no aguanto más! Cuando estoy con mi esposa pienso en ti, creo que enloqueceré como siga así...»

Entre sus brazos todo me parecía posible pero cuando volvía a pensar en sus peticiones, cuando me encontraba a solas, no me sentía preparada, no quería que cayese también esta última barrera que había quedado entre nosotros, el último y pequeño dique contra una corriente ahora ya demasiado impetuosa.

* * *

Hacia Filippo sentía un vago sentimiento de culpa que aleteaba entre nosotros llevándome a tener arrebatos sexuales que, creo que más de una vez, lo habían sorprendido, sino anonadado. Me parecía que entregándome a él podía, en parte, acallar mis sentimientos de culpa.

Una noche, después de una relación desahogada, hecha como por obligación, se volvió hacia mí y me dijo:

«No consigues engendrar hijos, no consigues hacer que sienta un auténtico placer… por suerte, menos mal que te las apañas cocinando y limpiando la casa, en caso contrario...»

Estas eran las cosas que, cada vez más, me hacían comprender que no estaba, ni de lejos, dispuesta a renunciar a Pietro.

Con el rostro hundido en la almohada soñaba con Pietro y apretaba con fuerza los dientes para no llorar.

Filippo no estaba nunca: ausente en los momentos de alegría y en los momentos de dolor más profundo.

Ausente, no por paparruchas, es verdad, sino por trabajo.

¡Yo sirvo a la gente!

Su trabajo de guarda jurado le hacía sentirse un escalón por encima de los demás.

Para mí ya era tarde, demasiado tarde para renunciar, para desatar lazos ya apretados, para renunciar, para prescindir de Pietro.

Comencé por dolor,

por dolor en el amor,

por amor del dolor,

ahora ya no lo sé.

Escribí amor

y no me di cuenta

más que después de muchas líneas,

cuando el dolor se calmó

cansado y afligido

sobre la palma tensa del corazón.

Y amé.

Sin remordimientos ni reservas,

segura,

en la oscuridad,

de encontrar el dolor,

sólo el dolor.

La cena de gala

Giovanni Percalli, el nuevo administrador de la sociedad que gestionaba la cadena de supermercados donde trabajaba, había decidido ofrecer una cena a todos los trabajadores para darse a conocer y para festejar este nuevo objetivo.

«Yo no pienso, ni por asomo, ponerme de punta en blanco por un tipo que con dinero ha comprado un cargo en una sociedad...»

«¡Pero, Filippo! Estarán todos, hazlo por mí, ¿qué papel haré?»

«¿Papel? ¿Qué papel harás? ¡Tú trabajas en ese supermercado, puede que tú estés obligada a hacer todo lo que te pidan!»

«¿Y si fuese yo la que quiere ir?»

«Escucha, Misia, yo no tengo ganas de ir y además mañana debo cubrir a un compañero, hago doble turno, si realmente quieres ir puedes hacerlo perfectamente sola».

Conversación acabada.

Televisión encendida.

Fin.

Tragándome lágrimas de rabia y de desilusión me metí en un baño de agua caliente.

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