Федерико Моччиа - Carolina se enamora стр 4.

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 ¡Ahhh! -grita con todas sus fuerzas-. ¡Socorro! ¡Ay! ¡Ahhh! -y sigue gritando. Parece la sirena de una ambulancia.

Pasado un segundo llega el vigilante y la ayuda a levantarse.

 ¿Qué te ha pasado?¿Qué te has hecho?

Isafea le enseña la mano.

 Me ha mordido un animal aquí, me hace un daño tremendo, era una serpiente, ha sido una víbora, moriré, ¡socorro! ¡Socorro! -dice chillando y pateando.

El vigilante le coge el brazo, le aprieta la muñeca con ambas manos y los dos desaparecen detrás de unos árboles. ¡Ya no podemos verla! Lore y yo nos miramos durante unos segundos.

 ¡Ven, vamos!

Corremos hacia la salida de la cueva y, una vez fuera, apenas nos da tiempo a ver el viejo Seiscientos que dobla la esquina. Unos instantes después llegan Giacomo y Stefania.

 Pero ¿dónde estabais?

 En la cueva.

 ¿En la cueva? ¿En serio? -Giacomo no nos cree-. ¿Y se puede saber qué hacíais?

Nos miramos fugazmente, acto seguido Lorenzo le da un empujón a Giacomo.

 ¿Y qué se supone que debíamos hacer? ¡Estábamos escondidos!

 Ah, bueno. ¿Habéis visto al vigilante? ¡Se ha llevado a Isa! ¿Qué os parece? ¿La habrá secuestrado? Da igual que sea fea, ese lo que pretende es exigir un rescate, quiero decir que los padres de Isa son de Milán, ¡son riquísimos!

Gíacomo está fuera de sí. Dios mío, antes casi nos pilla con lo de la cueva ¡Pero esto!

 Venga, a Isa le ha mordido una víbora.

Stefania esboza una sonrisa.

 Anda ya, no es posible.

 ¡La hemos visto!

 ¡Las víboras desaparecen cuando anochece!

 Bueno, eso es lo que ha dicho, y el vigilante le apretaba el brazo con todas sus fuerzas, quizá para impedir que el veneno pasase a la sangre.

Stefania se encoge de hombros.

 Bah, ni siquiera el vigilante sabe de qué va la cosa. Como mucho, habrá sido una culebra.

Lore y yo nos miramos.

 ¿Eh? -Incluso con cierto asco-. ¿Una culebra?

 Sí, una culebra, muerden, salen también al atardecer y no son venenosas.

 Ah, claro.

 Sea como sea, volvamos a la entrada de Villa Borghese, está oscureciendo.

De modo que echarnos a correr por el bosque hacia el bar que está a la entrada del parque, donde se encuentran también las pistas de tenis y la secretaría del club. Cuando llegamos, jadeantes, vemos a un montón de gente alrededor de una mesa. Isafea está echada encima de ella. Parece medio muerta. Pero luego, cuando nos acercamos, nos damos cuenta de que en realidad está medio viva. Llora y sorbe por la nariz y se aprieta la mano. Un señor que está allí cerca le ha pinchado en un brazo. Debe de ser médico.

 ¡Bueno, ya está! -dice acariciándole el pelo y despeinándola mientras Isa esboza una sonrisa-. Así nos evitamos posibles problemas-

Echa la jeringuilla en una papelera cercana.

Y yo me pregunto: ¿por qué cada vez que uno está mal y después sale bien parado o, en cualquier caso sobrevive o, en fin, supera el drama, todo el mundo te despeina? Porque, además, puede que incluso estés sudado y, sea como sea, a mí me molestaría que alguien a quien no conozco me alborotase el pelo. En fin. Después se aproxima un tipo que está siempre en la secretaría del club y que hasta el año pasado daba clases de tenis, y coge la mano de Isa.

 ¡Enséñamela!

Mira el punto donde mi amiga asegura que le ha mordido la serpiente. El hombre sonríe y sacude la cabeza, y coloca poco a poco el brazo de Isa junto a su costado.

 Puedes levantarte ya, no corres ningún peligro, te ha mordido una culebra. -Después se dirige al vigilante-: Hemos desperdiciado una ampolla de antídoto

Stefania se vuelve hacia nosotros y extiende los brazos.

 ¿Veis? ¿Qué os había dicho? Una culebra. Y el vigilante ni siquiera se había dado cuenta

 Pero ¿cómo podía saberlo si no reconoció la mordedura?

 Bastaba que Isa le dijese si tenía la pupila vertical o redonda.

 ¿Quién, la serpiente?

 ¡Sí!

 Estás como una cabra. A ver si lo entiendo, uno se cae, a continuación le muerde una serpiente y, según tú, ¿qué debe hacer? ¿Cogerla y abrirle el ojo para ver cómo lo tiene?

 ¡Claro! ¡Porque, en caso de que la pupila sea vertical, se trata de una víbora! De todas formas, la mordedura no te la quita nadie, ¡pero al menos sabes de qué animal se trata!

Interrumpo mi relato. Alis se echa a reír y cabecea.

 Esa Stefania es una tía absurda.

Clod se muestra de acuerdo.

 Sí, tú las conoces a todas.

Alis remueve el granizado, a continuación coge un poco con la cucharita y se la mete en la boca. Después vuelve a hundirla en el vaso y lame de nuevo la punta. ¡Incluso en eso es elegante!

 Y luego, ¿qué pasó?

 Perdone -dice Clod-, ¿me trae uno de éstos? -pregunta indicando la lista-. Delicias de chocolate negro.

 ¡Clod!

 Oye, lo quiero probar. A lo mejor no me gusta y lo dejo.

 Ya veo, pero ¿y si te gusta? ¡Engordarás!

 Lo sé, pero, de todas maneras, a partir de la semana que viene empiezo de nuevo con la gimnasia y, además, ¿quién quiere adelgazar? He leído en un periódico que las gorditas están de moda. Sí, las gorditas. ¡No las anoréxicas! ¡Italia volverá a lanzar una línea de moda por todo el mundo que por fin aprecia a las mujeres que no están como un palillo!

La miro y doy un sorbo a mi tisana.

 ¡En mi opinión, ese artículo lo has escrito tú!

 Sí -corrobora Alis-. O quizá una de esas que no consiguen adelgazar y que, por tanto, no ven la hora de que llegue esa moda. Es cómodo, se ahorra dinero y no tienes que hacer el menor esfuerzo. ¡Como si nada!

En cualquier caso, ya lo ha pedido y, de hecho, la antipática de la camarera se lo trae al vuelo. Oh, jamás ha sido tan rápida, a veces tarda una eternidad en servir incluso las cosas más sencillas, qué sé yo, una tisana, por ejemplo, y ahora, chas, visto y no visto. Tengo la impresión de que ha oído nuestra conversación. De todas formas, Clod no lo piensa dos veces. Para ella equivale a tener el consabido cartón de palomitas, enorme, claro está, mientras ve una película en el cine, ¡sólo que ésta es mi historia! Y la disfruta todavía más. Prueba uno detrás de otro los distintos tipos de chocolate, todos no, ¿eh?, es lista, primero mordisquea un trozo que, después, deja en el plato para comprobar cuál le conviene comer en último lugar, ¡el famoso manjar del rey! Y acto seguido, como no podía ser de otro modo, se lame el dedo.

 ¿Entonces, Caro? ¿Qué pasó después con el tal Lore?

 Eh, pero ¿qué esperas? ¿Una película porno?

 ¡Quizá!

 Vete a la ¡Puedes considerar un milagro que lo besase!

 Anda ya

 ¡Que sí!

Vaya con mis amigas, ellas tan tranquilas. ¡Qué más les da! Tanto la una como la otra archivaron el capítulo beso el verano pasado. O, al menos, eso fue lo que me dijeron. A Alis la creí en seguida, respecto a Clod sigo teniendo mis dudas. Sea como sea, para ellas debió de ser más fácil, ya que no llevaban ortodoncia. Incluso cuando ya no la llevas te sigue complicando la vida, quiero decir, piensas que sigue en la boca y, si te entran ganas de besar a alguien, aunque la idea sólo te pase de manera fugaz por la mente, te reprimes por si acaso.

De todas formas, si tengo que dar crédito a lo que me contaron, las dos dieron su primer beso un año antes que yo, en verano. Alis en la playa, en Cerdeña, en el pueblo donde ella suele ir. Se pasó un día entero tumbada en el muelle charlando con un tipo que había conocido a las diez de la mañana, durante el desayuno, y al que besó a las dos, ¡después de sólo cuatro horas! ¡Y bajo un sol abrasador! Y yo digo, ¡a saber lo sudados que debían de estar! ¿Y la boca? La boca debía de estar seca. Bah, la idea no me gustó en absoluto. En parte porque, según creo, el tipo se llamaba Luigi.

A las cuatro le dijo: «¿Vienes a mi habitación a echar un polvo?»

La verdad es que no estoy muy segura de si Alis fue o no, pero creo que hay una manera mejor de pedir ciertas cosas, ¿no? Pase que el de Cerdeña sea un pueblo para ricos, y que los ricos, a veces -sobre todo los jóvenes, en parte porque son los únicos que he conocido- tienen una manera bastante ruda de comportarse, como macarras, vaya. Es más, me gustaría acuñar un término específico para ellos: sonchicosricosquevandemacarras, con eso quiero decir que en ocasiones dicen cosas que podrían evitar, como el tal Luigi.

Clod, en cambio, fue a uno de esos clubes de tenis que suele frecuentar, y el verano del beso se convirtió incluso en un «cervatillo deseable». Según nos contó, se había besado con un chico encantador de su curso que, sin embargo, era el más torpe de todos a la hora de jugar al tenis. Vamos a ver, no digo que un tipo que sea encantador no pueda ser además torpe, pero, en mi opinión, no nos lo cuenta todo. No me preguntéis por qué, pero en la vida los guapos y ricos son siempre buenos en todo y, si uno es torpe jugando al tenis, no consigo imaginármelo corno alguien encantador. Bueno, lo que quiero decir es que no me cuadra Yo qué sé, cada vez que voy a ver los Internacionales de Roma con mis abuelos, que son muy aficionados al tenis, sólo veo jugadores hábiles, más aún, geniales, que además están buenísimos, para comérselos. ¡Por eso, o ese tipo aprende cuanto antes a jugar al tenis, o se dedica a otro deporte o, lo que es más probable, seguro que no es tan encantador como dice Clod!

En cualquier caso, finalmente las he alcanzado, y tengo que decir que el hecho de haberme quedado un poco rezagada empezaba a preocuparme de verdad. Y no porque me considere fea; en fin, reconozco que no juego al tenis, pero eso no cuenta en absoluto en el caso de las mujeres. Pese a que no soy tan elegante como Alis ni tan entrada en carnes como Clod, creo que tenía las mismas posibilidades que mis amigas de ser besada. Sólo que hasta este verano no me había ocurrido. Pero lo que sucedió después, a mediados de agosto, tampoco les había ocurrido a ellas.

De modo que las miro y, al final, me decido.

 Está bien, quiero contároslo todo, pero todo todo

Y veo que, de repente, Alis y Clod se demudan. Entienden de inmediato que lo que están a punto de oír es algo realmente inaudito.

Noche. Noche encantada, ligera, hechizada. Noche de estrellas fugaces, de deseos absurdos y locos, casi asombrosos. Era la noche de esa semana en que cada uno expresa su deseo más íntimo siguiendo las estrellas fugaces. Todos estábamos allí, en la orilla, Stefania. Giacomo, Isafea, que se había recuperado de la mordedura de la culebra, y un montón de personas más. Pero, sobre todo, estaba Lorenzo. No habíamos vuelto a hablar desde el día en que nos habíamos besado. Casi me había evitado. De vez en cuando, intentaba captar su mirada, pero él parecía no verme. Es decir, me daba cuenta de que, a pesar de que él miraba en mi dirección, cuando trataba de encontrarme con sus ojos jamás me lo permitía, su mirada nunca se cruzaba con la mía. Era como si me rehuyese. Bah, no hay quien entienda a ciertos chicos. Aunque, a decir verdad, tampoco tenía muchos ejemplos para comparar. Lore era el primero que había besado y, sobre todo, ¡el único! por eso no me preocupaba, al contrario, en cierta manera me hacía sentirme más segura. Sí, ya sé que no me estoy explicando muy bien, pero hay cosas que, cuando las pruebas, van así y basta. En fin, que estábamos todos alrededor de un patín, habíamos extendido algunas toallas sobre la arena y nos habíamos sentado intentando mantener el culo seco, pero la humedad era tan alta que al final acabé con los vaqueros un poco mojados.

 ¡He visto una! He pedido mi deseo.

 ¡He visto otra!

 ¡Yo también, yo también la he visto?

 ¡Pues yo no consigo ver ninguna! -Creo que me están tomando el pelo. ¿Cómo es posible que sean ellos los únicos que las ven siempre?-. Disculpad Quiero haceros una pregunta. ¿Qué pasa si dos ven la misma estrella? ¿El deseo vale la mitad?

Todos me miran mal. Pero, sea como sea, yo les he transmitido la duda. Veo que Giacomo escruta, a Lorenzo, que Lorenzo mira a Isafea, quien, a su vez, mira a Stefania, que, tras mirar al resto del grupo, en esta ocasión se limita a encogerse de hombros.

 No lo sé -admite, derrotada.

Y para mí eso supone ya una gran victoria. Después, trato de recuperar terreno.

 No, en una ocasión leí enFocus Júnior que, en cualquier caso, la estrella fugaz es un simple reflejo de algo que sucedió hace años luz, y que vale por completo para el que la ve

Lorenzo exhala un suspiro,

 Menos mal

¡A saber qué deseo habrá pedido!

Luego Corrado saca de su funda oscura, de piel, una guitarra último modelo, según asegura. Corrado Tramontieri es un tipo que viste de manera impecable. Bueno, al menos eso dice él. No hace sino vanagloriarse de sus elecciones y citar toda una serie de tiendas que yo, si he de ser sincera, no he oído mencionar en mi vida. Lleva unas camisas absurdas de rayas con un supercuello azul celeste con superdoble botón y unos puños del mismo color. Corrado Tramontieri es de Verona, dicen que él también es muy rico, pero a mí sólo me parece muy desgraciado. En estas vacaciones le ha pasado de todo. Por mencionar sólo una anécdota, el mismo día en que le robaron el coche a su padre, mientras estaba en la heladería que hay antes de llegar a Villa Borghese -donde venden unos helados que no es que sean mejores, son los mismos, pero cuestan un poco menos-, le birlaron la bicicleta. ¡De forma que el padre y el hijo se encontraron en Villa Borghese y se lo contaron el uno al otro! Se abrazaron divertidos. Quiero decir que a ninguno de los dos preocupaba lo más mínimo el robo. A ver quién es el guapo que se atreve a negar que eso es un insulto a la pobreza.

 Esta guitarra la usó Alex Britti en su primer concierto.

Luego se queda pensativo y comprende que lo que acaba de decir no hay quien se lo crea.

 Quiero decir que es el mismo modelo

 Ah

Y empieza con unos acordes. A continuación mira la luna como si buscase inspiración. Permanece así con los ojos cerrados, en silencio, delante de la hoguera que hemos encendido. Tengo la impresión de que no se acuerda de la letra. De ninguna canción. Sea como sea, al final se encoge de hombros y se lanza.

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