Una se pierde en el espacio, la otra aterriza lentamente, lista para descubrir quién sabe qué nuevas maravillas.
La barca sigue avanzando. Mira. Ahora estamos en línea con el puerto, observo a lo lejos. Algunas personas pasean por los pantalanes. Pequeñas embarcaciones se bambolean semidormidas. Se apoyan las unas contra las otras, empujadas delicadamente por las blandas boyas. Rebotan alegres, mecidas por una ligera ola de más, causada por una barquita que regresa al puerto.
Y más allá, Mennella, y sus ricos helados: stracciatella, pistacho y nata; cuando eres pequeño, te gusta sólo el nombre de los sabores, e incluso sin gustar el sabor te parecen dulces. El recuerdo de aquellos paseos y de los puestecitos de objetos inútiles, donde nosotros, los chiquillos, encontrábamos de todos modos siempre algo que desear, algo que pedir, algo que, a pesar de todo, habríamos querido que nos compraran.
Más allá aún, la pescadería y el hedor a pescado, tan fresco que todavía se debate en pequeños cajones de polietileno, y unos extraños y viejos ventiladores adheridos al techo, con una especie de tiras color rosa, que parecen papel higiénico, que deberían ahuyentar a las moscas, y que éstas, en cambio, casi parecen tomar por un gracioso carrusel.
Mi padre nos llevaba de la mano, con esas manos grandes, él, tan alto, tan orgulloso, tan noble, con quién sabe cuántas preocupaciones que nosotros no lográbamos todavía comprender desde allí abajo, desde nuestro pequeño mundo. Pero ahora ahora vuelve a estar aquí. A mi lado. Estoy a sotavento y huelo el perfume ligero de su loción para después del afeitado, el de siempre, el que tanto echo en falta y me hacía sentir tan pequeño, con tantas cosas por hacer aún, y las ganas de crecer y de sorprenderlo y de convertirme en un hombre como él
Se vuelve de repente, me mira y parece leerme el pensamiento. No dice nada, y en sus ojos hay un auténtico deseo, una ligera nostalgia, una media sonrisa, un entusiasmo empañado, tal vez una cosa que se muere por decir pero no puede. Y me lo quedo mirando, y también yo querría decirle tantas cosas, pero no puedo, permanezco en silencio y siento que me he vuelto un niño, uno de esos que tienen vergüenza, un niño que, de golpe, se apoya en el muro, menea la cabeza y calla. Como hacía yo de pequeño.
Quizá porque entonces no estaba aún muy seguro de qué desear. Y me reía en sus filmaciones, cuando atravesaba tambaleante la casa apoyándome en la pared, y luego en las ventanas, y, al final, me precipitaba hacia adelante un breve trecho sin apoyos, hasta alcanzar la silla más próxima o una planta: y era un suspiro, y era una victoria. Y él, seguramente, tras aquella vieja y ruidosa cámara de súper ocho, sonreía. Y luego, otra casa y otra película, y otra más. Y yo me veo en todo aquello que tal vez no podría haber recordado por mí mismo, un juego, un concurso en un importante palacete, Villa Annamaria, con un gran jardín y muchos parientes. Una tienda india y, al final de una improvisada actuación musical, yo, que salto lanzando los brazos al aire y aplaudo, como un jovencito indio que se precipita a una danza de la felicidad, bajo los ojos divertidos de una bellísima mujer con un vestido blanco lleno de espejuelos alrededor del cuello, y en la cintura, y en la sesga dura de las mangas cortas. Con el cabello que le llega hasta los hombros y un cartelito en la mano con muchas preguntas fáciles. La mujer cierra los ojos y se esconde para sonreír. Sí, lo hace a escondidas porque he ganado yo. Porque soy su hijo. Y querría decir muchas cosas más aún acerca de ella, pero es de una belleza tal que no se puede relatar. Niña, muchacha, madre, una mujer elegante, a veces silenciosa.
Recuerdo en particular la sonrisa de aquella filmación que, además de mi pequeña victoria, hablaba de amor. Por mí, por él, por mis hermanas, por todo aquello que teníamos la fortuna de vivir y de hacer vivir, y que aún duraría mucho. Y todavía hoy sigo recordando cuanto fue. Y, a lo largo de los años, en mil momentos y a medida que crecía, me lo preguntaba: ¿seré capaz de pagar de algún modo la deuda por todo aquello que he recibido? ¿Por tantas atenciones y amor y sacrificios y paciencia? No hay ninguna balanza extraordinaria que pueda calcular el peso de todo ello. Pero el verdadero amor no prevé ni créditos ni deudas.
Lo contemplo. Y sus ojos se cierran igual que antaño, como diciendo: «Sí, es exactamente así.» Y entonces sonrío también yo y me siento un poco más aliviado. Por otra parte, también esto me lo ha enseñado él.
La barca se ladea. Una ráfaga de viento más fuerte. Lo miro.
¿Estás listo? Viramos
Orzo y suelto la cangreja, y él, ágil y veloz, baja la cabeza mientras la barca gira sobre sí misma y se inclina. Permanecemos inmóviles en el centro, mientras la botavara pasa sobre nuestras cabezas. Y no nos desequilibramos, no nos movemos, no tenemos prisa. Nos miramos y sonreímos. No como aquella vez, que él se precipitó, nos lanzamos al otro lado de la virada y la barca se volcó. Y estuvimos en el agua durante horas. Y, en aquella ocasión, se enfadó.
¿Es que no sabes enderezarla?
No Tuve fiebre y falté a la última clase de vela, en la que explicaban cómo se endereza una barca que se ha dado la vuelta.
Sacude la cabeza. Y, un poco preocupado, mira a su alrededor. No hay barcas. No pasa ninguna. Y no parecen tener ganas de pasar. Y el mar se ha encrespado un poco. Y las crestas de las olas se rompen, casi bullen, quebradas por fuertes ráfagas de viento. Pero él, al final, no parece preocupado, o al menos no lo demuestra. Sabe que no se lo puede permitir. No con un Hijo aún tan joven e inexperto. Aquel día, estuvimos en remojo por lo menos seis horas, y vino a buscarnos precisamente Walter, el bañero. Y cuando nos vio llegar a la orilla arrastrando la barca aún medio llena de agua, mamá meneó la cabeza. Y luego lanzó un suspiro, un poco más tranquila. Irónica, Cornelia, se permitió incluso soltar: «Mira mis pollitos, ¡mojados!»
De todos modos, luego todo fue gloria, como todas esas desventuras que terminan bien, las que se convierten sólo en un recuerdo que poder engrandecer un poco y contar cuando hace falta.
Volvemos a tierra. Esta vez, todo va como la seda. Fue uno de esos errores necesarios para coger experiencia, no para repetirlos, como sucede a veces. También es verdad que es siempre mejor equivocarse que arrepentirse de no haber hecho algo.
En un segundo llegamos a la playa y nos quitamos los chalecos salvavidas y los echamos al interior de la barca y, acto seguido, la arrastramos a la orilla con fuerza, apoyando firmemente los pies en tierra. La levantamos un poco y metemos en seguida bajo la proa un rodillo, y luego otro, y la barca se desliza hacia adelante hasta acabar en su sitio, aparcada sobre dos gruesos caballetes de madera.
¡Ya está!
Damos unas palmadas para sacudirnos un poco de arena de encima. Nos miramos cansados, sonriendo. Después, corremos bajo la ducha fresca, incluso algo fría, que baila en el viento. Y nos movemos, intentando pillar el chorro. Y allí debajo, liberándonos de la sal, liberándonos del sudor, con los ojos cerrados, sentimos que el agua arrastra consigo toda aquella sana fatiga. Luego nos secamos rápidamente con un par de toallas que Walter nos ha dejado sobre el patín. Están un poco descoloridas, viejas, gastadas, pero, en el pálido calor, saben a limpio, a perfumado, a cosa buena.
Echamos a andar en dirección al quiosco. Allí donde, jovencísimo, intervine como figurante en la película La diva del teléfono blanco, de Dino Risi. Estúpido y estupefacto, embutido en un traje de baño de lana de cuerpo entero, ligeramente aturdido, intenté con mucho esfuerzo interpretar bien una escena. Bostezando, sudando, mirando de vez en cuando a la cámara. Y cuando se lo conté: «No me lo puedo creer. Cuando encuentre a Dino tendré que pedirle disculpas ¡Vaya papelones me haces hacer!»
Pero luego sonreía. Como si todo aquel cine fuera algo que permanece, sí, pero que no lo es todo. Es parte de la vida, es pasión, es diversión. Pero nosotros, nosotros éramos su mejor película. Y ahora está de nuevo delante de mí. Me precede veloz, y no suda y no se cansa. Siempre ágil, como en los mil paseos que le encantaba dar, y en los que era siempre el portador divertido de una nueva idea, una observación, algo que lo había impresionado y que tenía ganas de hacerte vivir a ti también. Curiosos, también nos divertíamos entonces.
Cuatro escalones y hemos llegado al quiosco.
¡Venga, vamos, muévete!
Ahí está. Me espera en lo alto de la escalera. Tiene el cabello oscuro y una sonrisa confiada. Y yo subo, agarrándome al pasamanos azul.
¡Pero, papá, hemos caminado un montón!
Caminar hace bien
Pero yo estoy cansado Esta mañana he jugado también al tenis en Villa Borghese. ¡Y a las nueve!
Lo digo bien fuerte para subrayar el hecho de que en vacaciones uno no se levanta nunca temprano. Pero él sonríe y parece no hacer caso, tal vez no quiera enterarse.
¿Has jugado bien?
He hecho unas voleas increíbles
¿Y qué son voleas?
Y yo doy mi interpretación, y él la suya. Y no estamos de acuerdo. Y, divertidos, comenzamos a discutir sobre una definición que, en realidad, no sabemos bien ninguno de los dos. Y, al final, él ve a un tipo absurdo sentado en el suelo, con barba larga, las piernas cruzadas y una cerveza abierta y a medio terminar a sus pies y una raída chaqueta vaquera, desteñida como esos cabellos rizados entre los cuales aparece algún mechón blanco. Y mi padre decide abordarlo para dirimir nuestro absurdo certamen léxico.
Perdone, ¿qué es una volea?
El tipo nos mira con curiosidad. Y yo pienso: «Pero ¿cómo se le ocurre preguntárselo a éste? Si no habrá jugado al tenis en su vida, no debe de tener dinero más que para malvivir.» Y muchos otros pensamientos que ahora no recuerdo bien. Pero, del hombre, en cambio, sí que no me olvido. Lo piensa tan sólo unos segundos. Luego abre el rostro sereno en una amplia sonrisa:
La volea es un golpe de tenis, puede ser de derecha o de revés. Tiende a cerrarse con un simple movimiento seco, un golpe de difícil ejecución
Gracias.
Y nos alejamos en silencio. El sonríe: «¿Ves? ¡Se aproxima más a mi explicación!»
Pero esto en sí no es que tuviera gran importancia. Lo que no olvido de aquel día es que, en lo que hacía, no cabía nunca la posibilidad de percibir una enseñanza molesta. Lo hacía y ya está. Luego eras tú quien decidía cómo interpretarlo. Gomo en aquel caso: «Cualquiera puede saber más que tú.» O bien: «No juzgues a quien no conoces.» O: «El hombre siempre puede sorprenderte, para bien o para mal.» O también: «Ser pobre no significa renunciar a la propia dignidad.» «Una persona pobre puede lo mismo saber más que tú.» O simplemente: «¿Has visto? Yo tenía razón.»
En cualquier caso, de un modo u otro, siempre te enseñaba algo sin hacer que te pesara. Y te asombraba.
Hoy no hay nadie en el quiosco. Así que tomamos algo y nos quedamos un rato en silencio contemplando el mar. A lo lejos, unos barcos de vela han abierto algún que otro spinnaker. Grandes retazos de color que brotan de aquellas barcas y danzan al viento antes de que los sujeten y los dispongan para todo lo que deberán hacer en realidad.
Decidimos regresar y le llevamos al bañero un café.
Ha sido tan amable con nosotros que me apetece
Lo lleva él. Lo sostiene con mano firme y ha colocado encima una tapa para que el viento no lo enfríe. En la otra lleva un poco de azúcar y un palito para removerlo.
De todos modos, es cierto. Ese bañero siempre ha sido amable. Nos hacía reír y realizaba bien su trabajo, y nos trataba a todos como a sus nietos, con la severidad justa pero también con ganas de jugar. Y, mientras volvemos, echo a correr, más joven aún. Huyo entre las barcas, seguido de Walter el bañero y de sus reproches por haber arrojado demasiadas medusas a la orilla y haber jugado con ellas con un palo, haciéndolas pedazos. Al cabo de unos metros, sin embargo, he crecido de repente. Tengo el pelo más largo y transporto unas cuantas cervezas y cafés calientes y algún aperitivo y algún Campari en una gran bandeja. Era el joven camarero del grupo de amigos de mi padre. Ir al quiosco para llevarles el café de la sobremesa me daba derecho a un cremino o un piper, o a un helado de cola si no los habían terminado ya, o incluso a un arcobaleno, si tenía suerte de verdad. Y, así, iba de muy buena gana y no eran pocos los hijos de amigos que intentaban soplarme el privilegio.
De cuando en cuando, hacía que me acompañaran, y volvíamos como si hubiéramos hecho la compra. Estaban todos allí: abogados, notarios, contables, médicos, tendidos en aquellas tumbonas con sus mujeres, sonriendo y charlando y contando chistes y hablando de los nuevos fichajes de su amado equipo de fútbol, y gastándose también bromas entre sí. Se lanzaban cubos de agua de mar, y el culpable salía en seguida corriendo, justificando la razón de ese gesto, casi siempre por haber perdido a las cartas la noche anterior, o por cualquier otra cosa que sólo ellos sabían.
Y estaba también aquella bellísima mujer. De otro grupo de amigos, de la misma edad, simpáticos también ellos. Alta, morena, con la cintura estrecha y el cabello rizado que le caía sobre los hombros, y una sonrisa preciosa, y unos pechos grandes, y aquellos ojos oscuros y profundos. Llevaba siempre bañadores de vivos colores y me gustaba muchísimo. No tanto como mi madre, claro. Pero era hermosa de una manera distinta. No sé por qué siempre me gustaba salirle al encuentro y saludarla. Ahora no me acuerdo bien, pero me parece que daba una vuelta a propósito para pasar justo por donde ella tenía su tumbona. Y ella siempre me sonreía, pero nunca conseguí decirle nada más. Además, tampoco sé qué podría haberle dicho
¿En qué estás pensando?
Oh, en nada
Sonrío, ligeramente azorado. El sonríe a su vez. Qué tonto, tal vez lo sepa. Entregamos el café y seguimos andando. Bajamos, bajamos más aún, en dirección a los muelles. Primero. Segundo. Tercer muelle. Allí fue donde pesqué mi primer pulpo con una redecilla. Lo cogí a las ocho de la tarde y mi abuelo lo golpeó contra esas mismas rocas y lo preparó de inmediato para cenar. Hablamos de ello, y también él se acuerda. Teníamos alquilado el chalet de unos amigos, justo frente a ese muelle. De noche, cuando había un poco de luna, siempre daba un paseo entre las rocas. Y mis padres me dejaban ir, porque, aunque era pequeño, podían controlarme desde casa. Y yo me asomaba sin dejarme ver demasiado y observaba, abajo, los peces más diversos y su lento navegar nocturno, y todos aquellos reflejos de la luna que, de vez en cuando, hacían centellear sus vientres de plata. Mira. Está anocheciendo.